Si hablamos del dolor, tenemos que hablar de Jesús.
Porque Él fue descrito como:
“Fue despreciado y rechazado: hombre de dolores, conocedor del dolor más profundo.” Isaías 53:3 (NTV)
Todos los seres humanos tenemos algo en común: en algún momento de nuestra vida llegamos a conocer el dolor. De una forma u otra, todos pasamos por esa experiencia.
Yo sé lo que es el dolor y se que tu también.
Sé lo que es el dolor físico, el dolor crónico, el dolor de la partida de un ser querido, el dolor de perder un trabajo, el dolor de una despedida, de una traición, de perder un amigo, el dolor de desear algo profundamente y no tenerlo. El dolor de sentirse perdido, de equivocarse, de cargar con culpa, de atravesar temporadas donde no entendemos lo que Dios está haciendo.
El dolor tiene muchas formas y toca cada corazón de una manera diferente.
Pero algo que Dios me ha mostrado es que el dolor no es un castigo. A veces, aunque no lo entendamos en el momento, puede convertirse en un lugar donde Dios transforma nuestra vida.
Un día Dios me mostro y me hablo del dolor con la imagen de una ostra.
Un pequeño granito de arena entra dentro de ella. Es algo extraño, incómodo, algo que le causa dolor. Pero la ostra, para defenderse, comienza a cubrir ese pequeño grano con capas de una sustancia hasta que, con el tiempo, aquello que comenzó como una herida se convierte en una hermosa perla. Y esa perla no la deja salir hasta que alguien abre el caparazón y la luz entra. Esa perla es buscada por muchos. Tu dolor y tu incomodidad, atravesados por la luz de Dios, se transforman en tu perla para otros. Esa perla es tu don.
La Biblia dice:
“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos.” Romanos 8:28 (NTV)
Dios puede transformar el mal en bien, el dolor en compasión, las lágrimas en una fuente de consuelo para otros.
Aunque hoy no podamos verlo, llegará un momento en que entenderemos muchas cosas que ahora parecen imposibles de comprender.
Por eso, no desperdiciemos nuestro dolor.
Si se lo entregamos a Dios, Él puede usarlo.
Pero para eso también debemos aprender a soltar aquello que nos mantiene atrapados: la amargura, el resentimiento, la falta de perdón, las preguntas sin respuesta que cargamos durante años.
Jesús mismo nos mostró que el sufrimiento no significa ausencia de Dios. Él estuvo en medio del dolor más profundo, y aun así permaneció en las manos del Padre.
“El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón; él rescata a los de espíritu destrozado.” Salmos 34:18 (NTV)
Hace un tiempo leí el libro ¿Dónde está Dios cuando duele? de Philip Yancey, y una de las cosas que más me impactó es cómo explica que el sufrimiento puede producir algo en nosotros. El dolor nos modifica. Puede hacernos crecer, puede formar nuestro carácter y puede transformarnos en personas más sensibles y compasivas.
Después de investigar y entrevistar a médicos y personas que viven con dolor crónico, el autor muestra algo muy profundo: el dolor tiene un propósito dentro de nuestra existencia.
Sin dolor no podríamos comprender completamente el gozo.
Es como las personas que tienen ciertas enfermedades donde pierden la capacidad de sentir dolor. Al no sentir una herida, un corte o el calor extremo, pueden terminar lastimándose gravemente sin darse cuenta. Aunque el dolor es incómodo, también es una señal que nos protege.
Hay una frase atribuida a León Tolstói que dice algo con lo que concuerdo mucho: “Es por aquellos que sufren que el mundo avanza.”
Y creo que hay una verdad profunda ahí.
Muchas veces son las personas que han atravesado dolor las que desarrollan una mayor capacidad para amar, acompañar, escuchar y comprender.
En mi propia experiencia puedo decir que, si nunca hubiera conocido el dolor, probablemente no tendría la misma empatía hacia quienes sufren. Mi dolor crónico durante dos años consecutivos fue una temporada que no elegí y que no disfruté, pero Dios la usó para hacer crecer algo dentro de mí.
Me enseñó a valorar más las pequeñas cosas. Me enseñó paciencia. Me llevó a terminar un libro que Dios había puesto en mi corazón, a escribir, a hablar de Él y a entender más profundamente a otras personas.
Recuerdo un sueño que tuve una vez.
Soñé que una rosa blanca crecía en mi mano. Mientras crecía, sentía muchísimo dolor por las espinas y por el tallo que atravesaba mi piel. Era incómodo y dolía mucho.
Pero mientras miraba cómo los pétalos se abrían y aparecía una hermosa rosa blanca, pensaba:
“Es tan hermosa… es tan bella.”
Me dolía, pero era hermosa.
Y creo que muchas veces así trabaja Dios con nosotros.
Hay procesos que duelen, temporadas que parecen interminables, momentos donde no entendemos por qué Dios permite ciertas cosas. Pero en sus manos, el dolor puede producir algo hermoso.
Jesús no prometió una vida sin dolor. Pero prometió estar con nosotros en medio de él.
“Yo estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.” Mateo 28:20 (NTV)
Entonces, cuando hablamos del dolor, tenemos que hablar de Jesús.
Porque Él no solo conoce nuestro dolor.
Él lo sintió, lo vivió, y lo sigue sintiendo y viviendo en cada uno de nosotros. Y Él es capaz de transformar nuestras heridas en una historia que pueda traer esperanza a otros. 🐝
«Oh Señor mi Dios, clamé a ti por ayuda, y me devolviste la salud. Tú cambiaste mi duelo en alegre danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría, para que yo te cante alabanzas y no me quede callado. ¡Oh Señor mi Dios, por siempre te daré gracias!»
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